lunes, 24 de enero de 2011

Feliz cumpleaños Mamerto !


Hoy 24 de Enero es el cumpleaños de Mamerto y que mejor para festejarlo que compartir un breve texto de su libro "El paso y la espera":

"De puro coraje y fe en la vida, mis padres ya habían traído, y a pesar de las dificultades, hijos al mundo. Bien podrían haber dicho basta. Pero lo único que tenían era la vida, y porque la amaban, la continuaban dando.

Y así nací yo, gratuitamente. Por la fe de mis padres en Dios y por su amor a la vida.

Y después de mí, cuatro hermanos más, que también lo agradecen. Por eso no me cabe duda de que al llegar a las puertas de la Gloria, mamá no tuvo dificultar para trepar hasta la puerta estrecha y elevada.

La ancha y ñudosa cruz que ambos habían llevado hasta con alegría y sencillez, les hizo de escalera. Y sus pisadas nos siguen indicando el camino a los que queremos seguir sus huellas, que claramente son las del Maestro carpintero."

Mamerto Menapace, "El paso y la espera" Editora Patria Grande (2009).

Foto: Mamerto con su gente en la feria del libro 2010 www.editorapatriagrande.com

jueves, 20 de enero de 2011

Nuevo audio de Mamerto en CDs!





Ya estan disponibles, proximamente subimos algún audio con cuentos de Mamerto para compartir.
Consultas al 011-4631-6577

jueves, 23 de diciembre de 2010

Saludos del Padre Mamerto para Navidad


Queridos amigos:
"Evidentemente, la fiesta de navidad es para mí algo más que un encuentro con los amigos, la familia y todo lo que ello significa. Y como ustedes se han constituido en mi familia grande a través de esto (internet) que parece cosa de mandinga, quisiera que mandinga no se meta a estropearnos la Navidad.
Por eso me reúno con ustedes junto al pesebre, y desde allí como los pastores los invito a escuchar a los angelitos que nos desean paz en la tierra, y que demos Gloria a Dios en las alturas. Mejor aun si ese pesebrito está en la capilla de su barrio, y allí nos reunimos espiritualmente todos para la Nochebuena.
Los bendigo con cariño y les pido que mutuamente hagamos una oración los unos por los otros para que nuestra navidad sea cristiana. Un beso a los chicos y un abrazo a los grandes, especialmente a los amigos que exstán enfgermos, tristes o preocupados. ¡Cuando Dios borra, señal que quiere escribir!":

+mamerto

lunes, 20 de diciembre de 2010

Agenda Mamerto 2011 / Donde la consigo?





"¡Una buena agenda se parece tanto a la Vida misma!"

"Al empezarla les deseo la bendición de Dios, para que puedan entregarla llena de vida al concluirla".

+mamerto menapace
Monje de Los Toldos

Ante la gran cantidad de consultas para saber donde se consigue, les dejamos estos datos:
Donde se Consigue?

Agenda Mamerto Menapace 2011
Editora Patria Grande

La agenda se consigue en:
-Librería y Editorial Patria Grande, Rivadavia 6369, Para pedidos y consultas: tel 4631-6577.
-Librerías Claretiana (todas las sucursales)
-Librería Guadalupe, Mansilla 3865.
-Librerías AGAPE (Sucursales)
-Librería del Instituto, R. Peña 1052.
-Librería Marista, Callao 224.
-Don Bosco, Yapeyú 137.
-Veloso Hnos, M.T. de Alvear 1611.
-Nstra. Del Carmelo, M.T. de Alvear 2482.
-Del Socorro, Juncal 876.
-Librerías Antigona (Callao 737 / Las Heras 2597 / Corrientes 1555).
-La Paz, Vidal 1769 CABA.
-Librería Hernandez.
-Librerías Galerna.
-Stella Maris, Hipólito Irigoyen 66, Martínez.
-Stella Maris, 9 de Julio 428, San Isidro.
-Betania, Juan S. Fernández 168, San Isidro.
-Librería Arquidiocesana Ciudad de Santa Fé.
-Librería Providencia (Mendoza).
-Librería Don Bosco (Bahía Blanca).


Y todas las librerias parroquiales del País, para consultas y pedidos 011-4631-6577 Editora Patria Grande
editorapatriagrande@gmail.com

http://www.editorapatriagrande.com/

jueves, 16 de diciembre de 2010

Agenda Mamerto Menapace 2011

Un Fragmento del prólogo de la Agenda de Mamerto 2011:
"Al empezar el año todo es esperanza. Al terminarlo todo se ha hecho experiencia. Que esta experiencia nos trasmita el fuego para que nos encienda la esperanza que nos ayude a superar las nostalgias y nos anime a proseguir el camino con confianza. Lo que uno espera de una agenda es que nos permita adelantarnos a lo diario para planear lo que viene. Pero también que nos ayude a regresar al pasado para constatar lo que se pudo realizar y lo que quedó sin hacer".

"¡Una buena agenda se parece tanto a la Vida misma!"

"Al empezarla les deseo la bendición de Dios, para que puedan entregarla llena de vida al concluirla".

+mamerto menapace
Monje de Los Toldos
Agenda Mamerto Menapace 2011
Editora Patria Grande
La agenda se consigue en:
-Librería y Editorial Patria Grande, Rivadavia 6369, Para pedidos y consultas: tel 4631-6577.
-Librerías Claretiana.
-Librería Guadalupe.
-Librería del Instituto.
-Librería Nstra del Carmelo.
-Librería Hernandez.
-Librerías Galerna.
-Librería Arquidiocesana Ciudad de Santa Fé.
-Librería Ross.
-Librería Providencia.
Y todas las librerias parroquiales del País, para consultas y pedidos 011-4631-6577
http://www.editorapatriagrande.com/

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Preparando el Adviento

"Les aconsejo para leer en este tiempo de Adviento el libro Esperando el Sol y como anticipo les dejo el relato sobre El PAN, llamado La Espera y las Urgencias"

"Un abrazo a todas y a todos, agradeciendo el Ave María que necesito de todos cada día":
+mamerto



LA ESPERA Y LAS URGENCIAS

Recuerdo, de pequeño, cómo hacíamos el pan.
Por la noche, antes de acostarnos, mamá dejaba preparada en un fuentón la harina para 4 ó 5 panes grandes. Además descolgaba del alero del rancho un pequeño atado, en el que estaba guardada la levadura reseca. En realidad era un pedazo de masa cruda e incomible que se había extraído de la que fuera destinada al pan horneado en la semana anterior.
Tomaba ese bollo de un color pálido amarillento, y endurecido por estar colgado del alero de la cocina, al aire libre y envuelto en aquel lienzo. Lo colocaba en una taza grande y de boca ancha, echándole un chorro de agua tibia, de la que había sobrado en la pava del mate del atardecer. Luego colocaba la taza sobre la plancha de la cocina económica ya sin fuego, pero con brasas. Ella tendría que conservar la tibieza de la levadura hasta el amanecer.
Y después nos íbamos a dormir.
Muchas veces acompañé a mamá en la liturgia del pan que se realizaba en los amaneceres. Ella me despertaba, y juntos íbamos a la cocina. Nos alumbrábamos con una lámpara de querosén y a mecha, con fino tubo de vidrio y pantalla lateral de hojalata brillante. Yo prendía el fuego amontonando ramitas y astillas sobre un marlo empapado en querosén. Y mientras calentaba el agua en la pavita renegrida, mamá amasaba la harina para el pan.
En un determinado momento, tomaba la levadura. Esta se había convertido en un bollo húmedo, hinchado y frágil. Lo desmenuzaba entre sus manos callosas, desparramándola por sobre la masa y nuevamente comenzaba el trabajo de amasar. Esta operación se repetía varias veces, hasta que masa y levadura quedaban totalmente confundidas en una sola realidad.
Por aquel entonces yo aún no sabía que ese poco de levadura era en realidad un poderoso hervidero de vida, que estallaría prodigiosamente al multiplicarse en la masa. Simplemente le creía a mamá. Me asombraba el cuidadoso respeto en ser fiel a cada gesto de esa liturgia del amanecer. Mientras todos los demás aún dormían, ella realizada aquellos gestos maternales, simples y eficaces.
Limpiaba cuidadosamente por dentro cuatro o cinco recipientes para repartir en ellos la masa. Recuerdo aún esas viejas fuentes, renegridas por fuera, sin enlozado en los lugares donde se veían los machucones. Y entre ellas, algún antiguo envase redondo de dulce de batata.
La cantidad de masa que se colocaba en cada una, no parecía mucha. Apenas un bollo que quedaba ocupando poco espacio en el recipiente. Luego colocaba los cinco moldes en el centro de la mesa y los cubría con cariño con un trozo de manta vieja, que se tenía para eso.
Recuerdo nítidamente ese gesto. Era casi como el que se hacía cada noche cuando se llevaba en brazos a un niño dormido, para dejarlo en su cama. No solo se cubría los moldes con cuidado, sino que se cerraba el par de ventanas, y se trancaba la puerta para evitar que hubiera corrientes de aire. Se echaba bastante astillas en la cocina, para que encendida, mantuviera la tibieza necesaria. En ese ambiente así preparado, algo misterioso iría sucediendo con los panes.
Y ya no había más nada que hacer. La cosa se haría por si misma. Cualquier manipulación hubiera sido un impedimento, y no una ayuda. Tendrían que pasar al menos un par de horas de espera inactiva.
Lo más frecuente era que nos fuéramos nuevamente a dormir. Al menos en invierno. Las urgencias vendrían recién con la luz de la mañana.
Cuando ya amanecía, la cocina era el centro de la reunión que se iba formando con el mate compartido, primer rito familiar de cada día. Desde allí partiría cada uno a su tarea: ordeñar, traer agua, atar los animales, limpiar.
Papá se conseguía un banquito petizón y se colocaba frente al horno, que elevaba su piso de ladrillos a un metro de altura, sostenido por cuatro patas de quebracho fuerte. Lo teníamos a la sombra de un paraíso, entre el portillo y la batea.
Encender el horno también era un rito. Y no cualquiera lo podría hacer bien. De ello dependería que el pan no saliera medio crudo, ni corriera el riesgo de quemarse. La ancha boca del horno se abría hacia el lado del rancho, y en su lomo curvo estaba el respiradero que apuntaba a la copa del árbol, por el lado de atrás. Para el horno no se podía usar combustible. Hubiera dejado mal gusto al pan. Se utilizaba leña seleccionada y cortada de antemano en trozos más bien chicos.
El fuego crepitaba en el interior, calentando las paredes, lo mismo que el piso. Cuando la llama terminaba de iluminar el interior, y solo quedaba un montón de brasas rojas, entonces comenzaban las urgencias.
Para ese momento algo misterioso ya había sucedido con la masa colocada en los moldes. Había crecido tanto, que ocupando todo el lugar disponible, sobresalía por los bordes, hinchando su lomo. Una corteza dura, como si fuera de piel fuerte, cubría toda su superficie. Ese crecimiento siempre me intrigaba, y más de una vez nuestros dedos infantiles se tentaban apretando aquellos lomos hinchados y tersos.
Pero el tiempo apremiaba. Hasta ese momento todo había tenido un ritmo quieto, incluido el largo tiempo de espera en que no había nada que hacer. Pero ahora, de repente, todo adquiría un sentido de urgencia.
Se retiraban del horno las rojas brasas, mediante un palo que tenía en su punta un fleje curvo de hierro. Se las arrastraba hasta la boca del horno dejando que cayeran al suelo, donde inmediatamente eran apagadas con un balde de agua. Calor, humo, vapor: todo se confundía por un momento, desdibujando la figura de papá que en ese momento presidía los ritos del fuego.
Esto se hacía rápidamente y con precisión, a fin de tener todo listo para la llegada de los moldes con la masa leudada. Desde la cocina partíamos los chicos llevando en nuestras manos aquello crecido en la espera del amanecer. Papá los iba colocando en el interior del horno, distribuyéndolos cuidadosamente en el piso caliente, empujándolos con aquella pala curva.
Luego se tapaba la boca del horno con una puertita de madera protegida por una chapa en su parte interior, y envuelta en una arpillera empapada en agua. Un palo afirmado en el suelo, apoyaba su otro extremo en la puerta a fin de mantenerla firmemente cerrada. Un ladrillo, también recubierto de bolsa mojada, cerraba el pequeño respiradero de la parte trasera. Se terminaban de apagar las brasas sacadas del horno. Aquellos carbones servirían luego para ser usados en la plancha con que mis hermanas componían la ropa limpia.
Por un rato aún se veía humear el suelo, junto con la boca y el respiradero del horno. Un olor especial inundaba el patio sombreado de paraísos. Y así todo entraba en la normalidad cotidiana, como si la cosa se hubiera concluido allí. Sabíamos que algo importante y misterioso sucedía dentro del horno, pero a nosotros ya no nos correspondía hacer más nada.
Estaba gestándose el pan.
Ni siquiera se volvía a abrir el horno para observar cómo se iba desarrollando la cocción. Mucho menos hubiera sido posible ya, añadirle fuego o quitarle calor. No cabía para ese entonces otra actitud que la de creer y esperar, al menos en cuanto al pan se refiriera.
Pero en todo lo demás, nuestras manos continuaban comprometidas con las tareas de cada uno. De nada hubiera servido contar al mediodía con el pan si no hubiéramos también ordeñado la vaca, barrido el patio o arado el campo. Había que tener preparada la comida para cuando los mayores regresaran de la chacra y los más chicos se estuvieran preparando para ir a la escuela. La vida continuaba por fuera con la misma intensidad con la que las cosas se desarrollaban dentro del horno. Y exigía la misma fidelidad.
Hacia el mediodía se daba finalmente el encuentro de ambas. Una media hora antes de la comida se abría el horno y se retiraban los moldes calientes, ayudándonos de un trapo para no quemarnos.
Un nuevo aroma llenaba otra vez el patio: el olor a pan recién horneado. Grandes, dorados, humeantes, eran transportados hacia el interior del rancho. Mientras se guardaban tapados con un lienzo los que tendrían que ir siendo consumidos durante la semana, se elegía uno de ello para la mesa de ese mediodía. Cortado en rodajas se compartía, acompañando el guiso fuerte o el estofado de papas, el puchero o la carne asada. Sin pan no hubiera habido comida, o al menos no se la hubiera considerado completa.
Tanto el que estaba en la mesa, como los que se guardaban, eran colocados en la misma posición en que habían sido hechos y horneados. El pan no podía ser colocado boca abajo, sino mirando al cielo. Quizá porque tenía algo de celestial, no se si en su origen o en su destino. Y hubiera sido una grave falta el tirarlo o negárselo a alguien. Ya no nos pertenecía privadamente. Pan cocido no tiene dueño.
Lo sentíamos claramente como un don. Un don sagrado que pedíamos con fe en el Padre Nuestro de cada día, al acostarnos y al levantarnos. Y sin embargo lo sabíamos tan nuestro como lo más cotidiano de nuestra vida.


Mamerto Menapace

Esperando el Sol
Editora Patria Grande (2007)

http://www.editorapatriagrande.com/

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Saludo de Mamerto Menapace

Queridos amigos:

"Necesito confidenciarles un secreto. Yo soy medio paisano para estas cosas electrónicas. y no entiendo demasiado de facebook y otras yerbas. Pero no importa. Siempre digo que no necesito auto, sino amigos con auto.


Lo mismo me pasa con estos nuevos inventos. Tengo amigos que entienden de Facebook, y que trabajan en la Editora Patria Grande que es la que publica los libros que escribo. Ellos han abierto esta página, y ustedes se fueron sumando a los primeros que entraron. Me dicen que ya están llegando a los 20.000. ¡Si cada uno de ustedes reza un ave María por mí, me pueden terminar por hacer un "santo de endeveras".


Ahora resulta que los de la Editora me dicen que tengo la obligación de mandarles un mensaje personal. No me resultaría posible contestarle a cada uno. Ni tampoco sumarlos personalmente a cada uno como amigo para conectarme personalmente con todos y cada uno. ¡Ni clonado!


Pero al menos, a través de este medio les mando un abrazo afectuoso, y les agradezco su cariño, su afecto y sobre todo el que podamos seguir cinchando juntos en este camino del Reino de Dios que nos trajo Jesús.


Martín Fierro decía en uno de sus lindos versos: Aunque mi cencia no es mucha/ esto en mi favor previene/ yo sé el corazón que tiene/ el que con gusto me escucha.


¡Gracias a todos y a cada uno por su lindo corazón! Con un abrazo los bendigo con cariño":
+mamerto
Fuente de la Foto: Diario La Voz del Interior