martes, 11 de mayo de 2010

El Cura

El Cura

"En la luz de mi tierra"
Editora Patria Grande








EL CURA

Al padre Carlos Mugica lo conocí una nochecita de verano antes de los años 70. Él venía de misionar en mi tierra natal del norte santafesino, donde era obispo su amigo Mons. Juan José Iriarte, y quizá por eso puse una especial atención en su persona en aquella primera ocasión. Pasó para hacer noche aquí y a la vez saludar al Padre Pedro Eugenio Alurralde, su amigo de infancia, que era entonces el Prior del monasterio. Para mi fue en ese momento uno de los tantos curas que solían frecuentar el monasterio, a veces solo de paso, y otras buscando unos días de sosiego en los que realizar un retiro.

Llegaron los tiempos posteriores al Concilio, y sobre todo aquellos que siguieron al encuentro de los obispos latinoamericanos en Medellín. Y muchos curas, religiosos, monjitas y laicos comprometidos, comenzaron a hacer una clara opción por los pobres. Muchos de ellos incluso dejaban sus colegios clasistas, para ir a vivir en barriadas pobres en lo que se llamaba Comunidades Religiosas Insertas en Medios Populares (CRIMPO). Muchos de ellos habían firmaron un documento de compromiso para dedicarse a la evangelización del tercer mundo.

Los más comprometidos en esta línea formaron un movimiento que se dio en llamar Curas para el Tercer Mundo. Cuando yo conocí a Carlitos Mugica más de cerca, esos tiempos habían madurado bastante. Y sobre todo, los curas del tercer mundo de la zona de capital, ya habían comenzado a llamarse curas villeros, por su dedicación casi exclusiva a la pastoral en los ambientes de Villas miserias de la Capital y Gran Buenos Aires. El Padre Rafael Tello era reconocido como su líder espiritual, y el referente indiscutido de todo el grupo. Su principal preocupación era dar una fuerte espiritualidad a la acción concreta de estos jóvenes sacerdotes. Y por ello se propuso acercarlos al monasterio de Los Toldos. Y para mi sorpresa, fue él quien me pidió que acompañara a estos curas en los retiros espirituales que los reunieron aquí en las semanas finales del verano de los años 72 al 74. Mi misión era darles un par de charlas diariamente, motivándolos para la reflexión de la palabra de Dios. A veces compartía con ellos también la reunión de la noche.

Estos encuentros me permitieron conocer más de cerca al Padre Carlitos Mugica. Sobre todo saber de su personalidad, su apasionamiento por algunas cosas, y su profunda piedad. Cada día lo veía entre los primeros que llegaban a la capilla para compartir nuestra oración de la madrugada, antes de las 5 de la mañana. Y por la noche era de los últimos en dejar la capilla, cuando había que cerrarla.

Recuerdo bien nuestro último diálogo, casi en el estribo de la camioneta que lo llevaría de regreso a la Capital, amontonado con todo el grupo de curas. Para que pudieran sentarse en la parte trasera del vehículo que traía cúpula, fuimos hasta los galpones a buscar unos fardos de pasto. Aproveché ese momento para preguntarle si tenía miedo a que lo mataran, ya que había recibido varias amenazas en ese sentido. Y me sorprendió su respuesta:

-No. ¡A lo que le tendría mucho miedo es a despertarme un día y saber que me echaron de la Iglesia!

A lo que yo le respondí:

-No tengas miedo Carlitos. ¡Dios te va a ser fiel!

Y ya en el momento de despedirnos mientras nos dábamos un abrazo me dijo, haciendo alusión al año santo que se iba a celebrar pronto:

-¡Este año muchos nos encontraremos con Dios!

Fue lo último que le escuché. Pocas semanas después, en la madrugada de un 11 de mayo, fiesta de San Mamerto, y aniversario del nacimiento de Fray Mamerto Esquiú y de la muerte se Ceferino Namuncurá, me enteré que lo habían ametrallado a la salida de una Capilla de barrio donde había celebrado esa tarde la Eucaristía y acababa de preparar una parejita para el sacramento del matrimonio. Murió claramente como cura.

Sacudido hondamente por esta noticia, pocos días después escribí de él esta semblanza, sobre todo para salir al paso de tantas opiniones que trataban de desfigurar su imagen, y de justificar o condenar el hecho culpando ya sea a una parte o a la otra de las que en ese momento estaban en pugna. Y completé unos versos que había escrito para él.



La Violencia de la Sombra

Dios le había regalado un lindo corazón. Era capaz de amar y apasionarse. Tenía capacidad para ver. Sus ojos siempre miraban a las cosas, y no le costaba vibrar con lo que veía. Por eso las injusticias lo sacudían fuerte. Muchos le tenían desconfianza porque le conocían un corazón arrebatado y violento.

Encima era bastante ingenuo. Le gustaba hablar, mostrarse y manifestar lo que llevaba adentro. Eso le hacía amar cosas contradictorias, y muchos creyeron que era un incoherente. Otros creyeron poder utilizarlo, y cuando él siguió nomás su rumbo, no lo comprendieron.

Alma de niño, buscaba ansiosamente la verdad, y quería a toda costa practicar la justicia. Llevar la justicia a la práctica era para él una obsesión. Tal vez hubiera algo de biológico en ese apetito de justicia. Por eso se comprometía tan entero cuando veía, en algún lugar o persona, la realidad del compromiso por la justicia. Pero como la justicia es una realidad tironeada por diversos bandos que creen poseerla en exclusiva (como se pelean los perros por la achura), le sucedió más de una vez el querer tironear desde distintos rumbos. Desde todos lados le ladraron para animarlo, y de todos lados le lanzaron su mordisco. Y él seguía nomás, apasionado por llevar la justicia a la práctica. Tal vez sin plan, sin proyectos, guiado como por un instinto. Amaba la parte de justicia que encontraba en cada hombre, y pretendió sacudir la vergüenza en cada grupo.

Y eso es peligroso. Es peligroso ponerse a plena luz cuando andan sueltas las tinieblas. Y en cada compromiso, en cada realidad hay un encontronazo entre la luz y las tinieblas, entre el miedo y la vergüenza. Y es peligroso para un hombre amar la luz en cada cosa, y en cada cosa pretender vencer la noche mediante la vergüenza.

Por eso el miedo que hay en cada uno de nosotros se puso a perseguirlo. A escondidas, por supuesto. El miedo suele ser cobarde, y prefiere no mostrar la cara al descubierto. De ahí que el día que lo mataron, nadie quiso ser responsable del suceso. Nos echamos la culpa mutuamente, y hasta a lo mejor creímos ser sinceros.

Poco importa el nombre del que lo mató. Conocemos sí, el nombre y apellido del que ha muerto. Lo mató la violencia de las sombras, y su nombre está escrito en el libro de la vida. Un pueblo lo lloró en silencio. Ese pueblo que también ama la justicia, y que como todos los perseguidos por llevar la justicia a la práctica, tendrá en herencia el Reino de los cielos.

Porque al morir un hombre por practicar la justicia, se opera en él la victoria definitiva de la luz sobre las sombras. La luz vence en ese hombre a las tinieblas. Y así se le abren las puertas del Reino de la luz.

-Felices de ustedes cuando sean perseguidos e insultados, y cuando digan toda clase de cosas falsas sobre ustedes. Alégrense, no se pongan tristes: porque van a recibir un gran premio en los cielos; porque así también persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes (Mt 5, 11-12).

Texto escrito sobre Carlos Mugica por Mamerto Menapace en el libro "En la luz de mi tierra" de Editora Patria Grande
http://editorapatriagrande.com/

miércoles, 31 de marzo de 2010

La hora y el signo, reflexiones para cuaresma.



La hora y el signo
"Sufrir: pasa" Reflexiones para la cuaresma
Editorial Patria Grande







Juan 12, 20-36

Estaban acercándose a la fiesta de la Pascua: la Grande entre las fiestas. Y Jesús había resuelto decididamente ir a Jerusalén. Sabiendo que allí le esperaba la cruz y la muerte.

Pero quería cumplir la voluntad del Tata. Para eso había venido al mundo. Y nada, ni nadie habría de apartarlo de esta misión. Sabía que se acercaba la Hora. Esa que habían anunciado los profetas desde antiguo. Y la que el Viejo Simeón le previniera a María en el templo cuando acudieron a Jerusalén por primera vez.

Y allí se encontraba con sus discípulos. Como si estuviera esperando un signo que le hiciera ver lo que Él mismo deseaba ardientemente. Y el signo llegó. Aparentemente muy sencillo. Casi fuera de contexto.

Tal vez Él mismo no conociera la hora de una manera tan clara como nosotros nos la imaginamos hoy. No hubiera sido humano, y Cristo lo era plenamente y sin trampas. Pero tenía una sensibilidad alertada en la atenta escucha de la voluntad del Tata. Intuía por los signos la llegada del momento. Lo mismo que el vegetal, cuando algo bulle por dentro en el silencio de su madera verde y el llamado de la primavera lo encuentra alerta.

Unos paganos, griegos, querían conocer a Jesús. Tal vez se sintieron algo descolgados en esa fiesta estrictamente judía. Como no pertenecientes al Pueblo de Dios, al menos por la sangre, les estaba prohibida la entrada al templo. Pero querían conocer a Jesús. No se animan a encararlo directamente. Dos apóstoles harán de intermediarios: Felipe y Andrés, quienes fueron a decírselo al Señor.

Quizá en el secreto de sus noches de oración había presentido que su misión en la tierra terminaría con la glorificación cruenta de su muerte. Y que ello sería la apertura a todos los pueblos. La lámpara que había alumbrado solamente a Israel, al ser sepultada por las tinieblas, dejaría paso al Sol de justicia que alumbra a todas las naciones.

Ya se había encontrado premonitoriamente con los paganos. Allá en su infancia, como se lo contara su Madre, había sido visitado por los Magos, y los egipcios lo habían acogido como prófugo. Más tarde fueron el centurión y la cananea. Los samaritanos y los sidonios también lo habían encontrado y recibido. Pero en el fondo, todos estos sólo habían participado de las sobras desperdiciadas por los niños caprichosos de la mesa de Israel.

Ahora, en cambio, los paganos pedían verlo. Los pueblos que andaban en tinieblas buscaban la luz que viene de lo alto. Y Jesús se da cuenta de que ha llegado la hora en que la antorcha sea elevada y arda en plenitud, para que pueda atraer todo hacia Sí.

Es consciente de que ello significa morir. Y humanamente todo su ser rechaza el sufrimiento y la muerte. Quisiera esquivar esta hora, y hasta se siente tentado de suplicar al Padre para que la suprima, sabiendo que sería escuchado. Pero también sabe que ha venido justamente para esto. Ante el dilema, opta decididamente por la voluntad del Tata. Toda su voluntad propia se pone en tensión y en disponibilidad para que sea glorificado el nombre de su Tata que está en los cielos. Nuevamente el Padrenuestro le brota de los labios, lo mismo que en el silencio del cerro en sus noches soledosas. Pero aquí está entre los hombres y en el corazón de la ciudad donde mueren los profetas. No es lícito el silencio. Por eso grita:

—¡Tata. Glorifica tu Nombre!

Y la Voz del Jordán y del Tabor vuelve a hacerse trueno. Él–que–Es, está. Yo – estaré no defraudó a Moisés ante una misión condenada humanamente al fracaso. Nuevamente el Tata se compromete a hacer del fracaso humano su camino de liberación.

Si el grano de trigo entregado a la tierra no acepta morir, se queda solo. Si se entrega, se hará trigal.


Crean en la Luz. Si la antorcha no se quema, se queda sola y a oscuras. Pero si se consume y arde, alumbra a todo hombre que llega a este mundo. Y atrae todo hacia sí.

jueves, 28 de enero de 2010

Una Orca llamada Belén

Las siguientes lineas son el comienzo del libro Una Orca llamada Belén de Mamerto Menapace. En este texto Mamerto reconstruye una experiencia que le toco vivir y compartir una mañana de enero caminando por los playas del Tuyú.
En esta epoca de vacaciones donde muchos tendran la suerte de caminar cerca del mar y disponer de tiempo para reflexionar, puede ser interesante conocer la vida de la Orca Belén reconstruida en este libro como parábola.


Fue la mañana del día de Reyes. Nunca había visto el Tuyú con marea tan alta. El mar parecía querer subirse a los medanos la costa solitaria. Parte de los pajonales adelantados sobre las arenas, se encontraban rodeados por las aguas y eran sacudidos por las pequeñas olas que lograban superar el lomo de los bancos interiores, donde la rompiente se deshacía en espuma blanca.

Yo había salido temprano, con la esperanza de ser premiado con algún hallazgo. Al primero que camina las playas, luego de una noche de viento de mar adentro, éste suele reservarle la sorpresa de algún encuentro. El mar, como la vida, es rico en tesoros ocultos, que a veces las olas empujan hasta las arenas costeras. Objetos humildes o exóticos. Quizá desperdicios que alguien considero ya inútiles. Tal vez objetos perdidos que su dueño aún lamenta. O, lo más frecuente, algún caracol grande de esos que engendra el océano y que sirvieron de envase a la vida de algún animalito que ya hace tiempo dejo de existir. Porque en el mar, como en la vida, los bichos que carecen de esqueleto se arman de un caparazón. Y esta estructura defensiva sobrevive a la vida que defendió.

¿Quién no se alegra, en la playa solitaria, cuando se encuentra de pura casualidad con un caracol grande? La alegría suele ser mayor si uno tiene un niño a quien regalárselo. Quizá esté justamente allí el secreto de la emoción que produce un hallazgo: que uno puede volver a revivir ese momento en los ojos de un niño, a quien se sorprende con el gesto gratuito de entregarle un caracol grande y lleno del misterio que vive en el mar. Tal vez esté también allí la fascinación que el mar siempre ha ejercido sobre los hombres: el mar es rico en gestos gratuitos. No hay que cultivarlo. Y es capaz de convertir un naufragio en el descubrimiento de una tierra nueva. La vida se generó allí donde también se generan las tormentas. Es madre, cuna y tumba a la vez. Aparentemente estéril, está lleno de vida.

El sol había salido sobre el mar y la mañana estaba fresca a causa del viento. La marea alta obligaba a caminar muy cerca de los medanos y las aguas llenaban las canaletas normalmente secas que corren paralelas a la costa. Pero el oleaje moría antes. Casi sin rompiente se deshacía en espuma donde el primer lomo de arena le cortaba el paso, permitiéndole solo deslizarse en un último envión que traía de mar adentro.

Y fue allí, en ese lomo que frenaba las últimas olas, donde la pequeña orca había encallado. Se la veía de lejos. Como un manchón negro en medio del blanco de las espumas. La soledad agranda las presencias. Y en aquella playa recién amanecida era imposible no verla, debatiéndose entre el mar ancestral y la tierra nueva aún cubierta de arenas.


Introducción del libro Una orca llamada Belén de Mamerto Menapace
Editorial Patria Grande

martes, 5 de enero de 2010

El Cuarto Rey Mago

El Cuarto Rey Mago
"Entre el brocal y la Fragua"
Editorial Patria Grande

Cuenta una leyenda rusa que fueron cuatro los Reyes Magos. Luego de haber visto la estrella en el oriente, partieron juntos llevando cada uno sus regalos de oro, incienso y mirra. El cuarto llevaba vino y aceite en gran cantidad, cargado todo en los lomos de sus burritos.


Luego de varios días de camino se internaron en el desierto. Una noche los agarró una tormenta. Todos se bajaron de sus cabalgaduras, y tapándose con sus grandes mantos de colores, trataron de soportar el temporal refugiados detrás de los camellos arrodillados sobre la arena. El cuarto Rey, que no tenía camellos, sino sólo burros buscó amparo junto a la choza de un pastor metiendo sus animalitos en el corral de pirca. Por la mañana aclaró el tiempo y todos se prepararon para recomenzar la marcha. Pero la tormenta había desparramado todas las ovejitas del pobre pastor, junto a cuya choza se había refugiado el cuarto Rey. Y se trataba de un pobre pastor que no tenía ni cabalgadura, ni fuerzas para reunir su majada dispersa.


Nuestro cuarto Rey se encontró frente a un dilema. Si ayudaba al buen hombre a recoger sus ovejas, se retrasaría de la caravana y no podría ya seguir con sus Camaradas. El no conocía el camino, y la estrella no daba tiempo que perder. Pero por otro lado su buen corazón le decía que no podía dejar así a aquel anciano pastor. ¿Con qué cara se presentaría ante el Rey Mesías si no ayudaba a uno de sus hermanos?
Finalmente se decidió por quedarse y gastó casi una semana en volver a reunir todo el rebaño disperso. Cuando finalmente lo logró se dio cuenta de que sus compañeros ya estaban lejos, y que además había tenido que consumir parte de su aceite y de su vino compartiéndolo con el viejo. Pero no se puso triste. Se despidió y poniéndose nuevamente en camino aceleró el tranco de sus burritos para acortar la distancia. Luego de mucho vagar sin rumbo, llegó finalmente a un lugar donde vivía una madre con muchos chicos pequeños y que tenía a su esposo muy enfermo. Era el tiempo de la cosecha. Había que levantar la cebada lo antes posible, porque de lo contrario los pájaros o el viento terminarían por llevarse todos los granos ya bien maduros.


Otra vez se encontró frente a una decisión. Si se quedaba a ayudar a aquellos pobres campesinos, sería tanto el tiempo perdido que ya tenía que hacerse a la idea de no encontrarse más con su caravana. Pero tampoco podía dejar en esa situación a aquella pobre madre con tantos chicos que necesitaba de aquella cosecha para tener pan el resto del año. No tenía corazón para presentarse ante el Rey Mesías si no hacía lo posible por ayudar a sus hermanos. De esta manera se le fueron varias semanas hasta que logró poner todo el grano a salvo. Y otra vez tuvo que abrir sus alforjas para compartir su vino y su aceite.


Mientras tanto la estrella ya se le había perdido. Le quedaba sólo el recuerdo de la dirección, y las huellas medio borrosas de sus compañeros. Siguiéndolas rehizo la marcha, y tuvo que detenerse muchas otras veces para auxiliar a nuevos hermanos necesitados. Así se le fueron casi dos años hasta que finalmente llegó a Belén. Pero el recibimiento que encontró fue muy diferente del que esperaba. Un enorme llanto se elevaba del pueblito. Las madres salían a la calle llorando, con sus pequeños entre los brazos. Acababan de ser asesinados por orden de otro rey. El pobre hombre no entendía nada. Cuando preguntaba por el Rey Mesías, todos lo miraban con angustia y le pedían que se callara. Finalmente alguien le dijo que aquella misma noche lo habían visto huir hacia Egipto.


Quiso emprender inmediatamente su seguimiento, pero no pudo. Aquel pueblito de Belén era una desolación. Había que consolar a todas aquellas madres. Había que enterrar a sus pequeños, curar a sus heridos, vestir a los desnudos. Y se detuvo allí por mucho tiempo gastando su aceite y su vino. Hasta tuvo que regalar alguno de sus burritos, porque la carga ya era mucho menor, y porque aquellas pobres gentes los necesitaban más que él. Cuando finalmente se puso en camino hacia Egipto, había pasado mucho tiempo y había gastado mucho de su tesoro. Pero se dijo que seguramente el Rey Mesías sería comprensivo con él, porque lo había hecho por sus hermanos.


En el camino hacia el país de las pirámides tuvo que detener muchas otras veces su marcha. Siempre se encontraba con un necesitado de su tiempo, de su vino o de su aceite. Había que dar una mano, o socorrer una necesidad. Aunque tenía temor de volver a llegar tarde, no podía con su buen corazón. Se consolaba diciéndose que con seguridad el Rey Mesías sería comprensivo con él, ya que su demora se debía al haberse detenido para auxiliar a sus hermanos.


Cuando llegó a Egipto se encontró nuevamente con que Jesús ya no estaba allí. Había regresado a Nazaret, porque en sueños José había recibido la noticia de que estaba muerto quien buscaba matarlo al Niño. Este nuevo desencuentro le causó mucha pena a nuestro Rey Mago, pero no lo desanimó. Se había puesto en camino para encontrarse con el Mesías, y estaba dispuesto a continuar con su búsqueda a pesar de sus fracasos. Ya le quedaban menos burros, y menos tesoros. Y éstos los fue gastando en el largo camino que tuvo que recorrer, porque siempre las necesidades de los demás lo retenían por largo tiempo en su marcha. Así pasaron otros treinta años, siguiendo siempre las huellas del que nunca había visto pero que le había hecho gastar su vida en buscarlo.


Finalmente se enteró de que había subido a Jerusalén y que allí tendría que morir. Esta vez estaba decidido a encontrarlo fuera como fuese. Por eso, ensilló el último burro que le quedaba, llevándose la última carguita de vino y aceite, con las dos monedas de plata que era cuanto aún tenía de todos sus tesoros iniciales. Partió de Jericó subiendo también él hacia Jerusalén. Para estar seguro del camino, se lo había preguntado a un sacerdote y a un levita que, más rápidos que él, se le adelantaron en su viaje. Se le hizo de noche. Y en medio de la noche, sintió unos quejidos a la vera del camino. Pensó en seguir también él de largo como lo habían hecho los otros dos. Pero su buen corazón no se lo dejó.



Detuvo su burro, se bajó y descubrió que se trataba de un hombre herido y golpeado. Sin pensarlo dos veces sacó el último resto de vino para limpiar las heridas. Con el aceite que le quedaba untó las lastimaduras y las vendó con su propia ropa hecha jirones. Lo cargó en su animalito y, desviando su rumbo, lo llevó hasta una posada. Allí gastó la noche en cuidarlo. A la mañana, sacó las dos últimas monedas y se las dio al dueño del albergue diciéndole que pagara los gastos del hombre herido. Allí le dejaba también su burrito por lo que fuera necesario. Lo que se gastara de más él lo pagaría al regresar.


Y siguió a pie, solo, viejo y cansado. Cuando llegó a Jerusalén ya casi no le quedaban más fuerzas. Era el mediodía de un Viernes antes de la Gran Fiesta de Pascua. La gente estaba excitada. Todos hablaban de lo que acababa de suceder. Algunos regresaban del Gólgota y comentaban que allá estaba agonizando colgado de una cruz. Nuestro Rey Mago gastando sus últimas fuerzas se dirigió hacia allá casi arrastrándose, como si el también llevara sobre sus hombros una pesada cruz hecha de años de cansancio y de caminos.


Y llegó. Dirigió su mirada hacia el agonizante, y en tono de súplica le dijo:



- Perdóname. Llegué demasiado tarde.



Pero desde la cruz se escuchó una voz que le decía:



-Hoy estarás conmigo en el paraíso.


Mamerto Menapace

Del libro "Entre el brocal y la fragua"
Editorial Patria Grande

jueves, 31 de diciembre de 2009

Cuento Peluche para reflexionar en estas fechas

Peluche
"Con Corazón de Niño"
Editora Patria Grande

Se estaba acercando la Navidad en nuestro pueblo. Lo que suele poner en movimiento muchos sentimientos diferentes. Desde los tiernamente familiares, hasta aquellos religiosos más profundos. Y por supuesto, otros no tan elevados, como los que tienen referencia a los hábitos alimenticios y los comerciales.
Una de las grandes jugueterías se había surtido generosamente a fin de satisfacer todos los requerimientos de sus clientes. Su dueño había viajado para ello en el tren diesel de las siete de la mañana, llegando a Buenos Aires a eso del mediodía. Durante varias horas había recorrido los negocios de la zona, proveyéndose de juguetes. Con ellos regreso en el mismo tren de las seis de la tarde.
En las estanterías podía verse de todo. Armamentos de hojalata, con banderas extrañas a nuestro pueblo, a fin de ayudar a nuestros pequeños a mentalizarse respecto a como está armado el mundo y en qué ponemos nuestra confianza cuando hablamos de la paz. Junto a estos juguetes se encontraban otros artefactos bélicos de plástico, habitados por monstruos del más pésimo gusto televisivo. Por supuesto, había también muchas otras cosas bonitas y dignas de ser obsequiadas en la alegría navideña.
Entre éstas se encontraba un precioso osito de peluche, de gran tamaño. Realmente: era bonito. Parecía trasuntar cariño, y sus ojitos pequeños y brillantes le daban una extraña vida que cautivaba a quienes quisieran mirarlo con interés.
Era un juguete valioso, y por tanto nada barato.Y Peluche lo sabía. Sin delirios de grandeza, él se sentía entre lo mejor que se podía conseguir en aquel lugar.
Justamente, ese era su drama. Porque los que tenían suficiente dinero como para comprarlo, no tenían niños a quienes obsequiárselo. Y los que tenían muchos niños, carecían de dinero. EI ser valioso era la causa de sus problemas. Porque a medida que se acercaba la Nochebuena, Peluche veía como las estanterías se iban vaciando de juguetes, mientras él continuaba siendo admirado, pero sin que nadie se decidiera a adquirirlo para alegría de un niño.
La ansiedad que había ido creciendo con las horas, se le transformó en angustia, cuando vio que el dueño bajaba lentamente las pesadas cortinas metálicas de la juguetería. Luego se apagaron las luces, y dentro reinó el silencio. De afuera, en cambio, llegaba todo el bullicioso festejo navideño.
En la oscuridad a Peluche le entraron ganas de llorar. Se dio cuenta que pasaría la primera Navidad de su vida, de la manera más triste que se podía imaginar. Solo, y sin nadie con quien compartir todo eso valioso que sentía poseer. Lo que más le dolía era saber que se había quedado sólo, justamente por ser valioso. Si hubiera sido barato, ya estaría en manos de alguien, compartiendo la fiesta, aunque sólo fuera por unas horas.
De repente se sobresalto. Creyendo sonar, vio que la sala se iluminaba con una luz suave y bella. Y sus ojitos brillaron de estupor cuando vio al mismísimo Jesús, que había entrado en la juguetería con una gran bolsa en la mano. Había venido a buscar juguetes a fin de distribuirlos él también. Porque tienen que saber que aquí, a los chicos ricos, son sus padres quienes les traen regalos. Mientras que a los pobres, se los manda Dios.
Peluche tuvo la certeza de que esta vez alguien se lo llevaría con él para ser la alegría de un chico. Este Señor tenía muchos niños, y además era suficientemente rico como para pagar su precio y adquirirlo.
Esperó, por tanto, con ansiedad, que se le acercara.
Cuando estuvo delante, el Señor lo miró con cariño -como nunca nadie antes lo había mirado y le dirigió la palabra con toda naturalidad:

-Peluche: ¿querés acompañarme esta Nochebuena para repartir regalos a los chicos de la Tribu?

Y como la Palabra del Señor es poderosa y da vida a todo aquél a quien se dirige. Peluche sintió que un extraño temblor se apoderaba de todo su cuerpo.Saltó de la estantería, y dando cuatro vueltas carnero en el piso, se puso a bailar lleno de alegría. De no haber sido de peluche, habría hecho un ruido infernal. Pero nadie sintió nada. Sobre todo, porque todos estaban ocupadísimos. Celebrando la Navidad. Tan entretenidos estaban en ello, que ni siquiera vieron a Jesús con la bolsa al hombro y con Peluche de la mano, caminando por las calles rumbo a la salida. Hubo quienes al verlo desde atrás pensaron que se trataba de un linyera, acompañado de su perrito. ¡Eso tan fácil confundir al Señor con un pobre cualquiera...! ` ¡Y más en Navidad!
Cuando ganaron las afueras del pueblo, Peluche quedó extasiado. Vio por primera vez la noche de los campos. EI cielo estaba que hervía de extraías. Los grillos cantaban desde los pastos. A lo lejos los perros Y los gallos indicaban donde Vivian los pobres. Y en los reparos, los bichitos de luz iluminaban la noche de verano.

-¡Qué hermosa es la noche! -exclamó Jesús.
-Sobre todo si voy de tu mano -contestó Peluche.

Y así fueron visitando los ranchos. Cuando se acercaban a uno de ellos, les salían al encuentro los perros. Los perros del indio no ladran. Van derecho al bulto. Pero cuando descubrían que era Jesús quien venia, inmediatamente se adueñaban. Y mientras el Señor los acariciaba para entretenerlos, Peluche sacaba de la bolsa un regalo, y entrando sigilosamente por la ventana abierta, lo dejaba al lado de los niños dormidos. Y todavía se quedaba un ratito para mirarlos sonreír en sueños. Como sucede en Navidad.
Así se fue gastando la noche. Cuando ya quería ir saliendo el lucero, Jesús le dijo a Peluche:
-Mira. Ahora vamos todavía a visitar el rancho de Dona Matilde. El mejor de los regalos tiene que ser para su nietito, que está enfermo.
Y nuevamente, mientras el Señor se entretenía con perros de Dona Matilde, Peluche buscó en la bolsa el regalo mejor. Pero descubrió con sorpresa que ya no había más regalos. Estaba completamente vacía. Y perplejo se lo dijo a Jesús. Pero éste, guiñándole un ojo, como quien ya sabía el asunto, le dijo:

-¡Hacé como yo! ¡Regálate vos!

Nota: Nunca se supo en la tribu cómo hizo Dona Matilde para conseguirle a su nietito un regalo tan hermoso. Y hasta hubo gente malintencionada que sospechó de ella...

¡Son tan ladrones los pobres! Si te acercas, te roban el corazón.

Mensaje para Navidad y Fin de Año de Mamerto

Saludos para todos los jóvenes en esta Navidad
Los animo a que:
¡Despierten y sigan soñando!
¡Dejemos el pesimismo para tiempos mejores!
+mamerto